VIAJE SIN REGRESO
I
Algunos nubarrones empañaban la belleza de la tarde. La cubierta del barco estaba atestada de almas tristes y esperanzadas. Mercedes aguardaba con cierta excitación a su novio Luis. Era extraño que, siempre tan puntual, no hubiese estado allí mucho antes.
Las manos alzadas con húmedos pañuelos blancos y el bullicio de la gente la acongojaban. De pronto, apareció Luis y su rostro resplandeció. El le explicó que había tenido que ir a tomar una copa en la taberna para despistar a la gente de la aldea que, cargada con más atavismos que riquezas, no concebía que no estando casados pudieran viajar juntos.
El barco se puso en movimiento. Con ojos enrojecidos por el llanto Mercedes saluda a quien le había pagado el pasaje, su padre. ¿Cómo podría olvidar a ese ser humano que fue la única persona de la aldea que la había sabido comprender?
Mercedes y Luis viajaban en tercera clase. Era quizás la más poblada. Todos tenían una idea fija: buscar nuevos rumbos para escapar de las visiones apocalípticas de un futuro de desánimo y miseria. También llevaban esa particular costumbre que los diferenciaba de los viajeros de primera: gritos y expresiones no demasiado refinadas con que intercambiaban anhelos y confidencias.
Luis era un caso diferente. Había estado dos veces en Cuba con su padre. Allí terminó el primario y asistió dos años al colegio secundario. No necesitaba buscar nuevos horizontes para vencer una pobreza que no tenía. Era músico y artesano. Pero el amor pudo más. Mercedes poseía el imán que lo atrajo: su belleza y sabiduría.
Las fiestas por las tardes en el barco, con los cantos y bailes de los aldeanos y el dulce y estridente sonido de la gaita tocada por Luis, constituían la admiración de los pasajeros de los camarotes de lujo que acudían para hacer más placentera su estadía y soportar la larga distancia que todavía los separaba de Buenos Aires. Por supuesto que conocían las jotas y en particular las “muiñieiras”, un antiguo baile gallego que había tenido su origen en las reuniones de “mozos y mozas” en los molinos -muíños en la lengua gallega- adonde concurrían para moler los granos de maíz. Pero quizás sus prejuicios de clase no les permitían mezclarse con ellos en sus cantos ni en sus bailes. Sólo en pocas ocasiones algunos conversaban con Luis.
El capitán del barco también acudía todas las tardes a contemplar el espectáculo. Era un alemán que obviamente hablaba un mejor castellano que los aldeanos, por lo que podía comunicarse sin problemas y era una de las personas que más gozaba de esas tardes, sentía cierta admiración por el sonido de la gaita. Esto lo aprovechaba Luis para obtener el permiso de visitar a Mercedes en su camarote, que era un lugar reservado para mujeres.
El barco se acercó a Río de Janeiro. Allí bajaron pocos pasajeros. La mayor cantidad de personas se dirigía a Buenos Aires, la tierra de promisión. Las ritos festivos de los atardeceres se iban transformando -a medida que se acercaban al puerto- en nostálgico recuerdo que anunciaban futuros inciertos.
II
El destino de Luis en Buenos Aires contrarió sus expectativas. El enorme potencial de su preparación musical y su fina habilidad de artesano no pudieron materializarse. En cambio Mercedes, aun cumpliendo funciones de obrera en una fábrica de bolsas, se consideró más que satisfecha con su cambio de hábitat.
En el fondo de su corazón, creo que mi padre hubiese deseado que al llegar a Buenos Aires, el barco virara y volviera nuevamente a Galicia y cuando llegara al puerto virara… y así sucesivamente. De este modo se hubiera concretado su sueño de estar con Mercedes y al mismo tiempo el de ser otra vez protagonista en un viaje perpetuo sin regreso a tierra firme, tocando la gaita y animando los atardeceres.
Víctor Pérez Barcia
8 de mayo de 2007
Revisión 08/02/2009
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Victor te felicito No sabia que escribias Me parecio una muy linda historia y la forma en la que esta escrita hace "ver" las escenas Refleja muchos sentimientos y resulta atrapante
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